lunes, 21 de septiembre de 2026

 


Encontré mis zapatillas favoritas en un mercadillo, de esos en los que nunca esperas encontrar nada especial. Entre montones de cosas gastadas y olvidadas, allí estaban ellas. Austeras, pero con un brillo que parecía reservado para quien supiera mirar.

Al principio pensé que eran de mi número. Me las puse y sentí que encajaban a la perfección. Durante un tiempo todo fue fácil. Aún no sabía de qué estaban hechas, si resistirían el frío, el calor o la lluvia. Solo sabía que me encantaban.

Con el paso de los días descubrí que eran extraordinarias. Parecían irrompibles y, al mismo tiempo, flexibles. Siempre estaban limpias, tenían una amortiguación impecable, un hilo de oro que las recorría de principio a fin y hasta un bolsillo secreto donde cabían pequeños tesoros. Servían para subir montañas y atravesar rios, pero también para una fiesta de etiqueta.

Cuanto más las usaba, más quería llevarlas puestas. Quería ponérmelas para todo. Para salir a correr, para comprar el pan, para celebrar los días buenos y huir de los malos.


Entonces apareció la primera rozadura.

No era gran cosa. Un poco de dolor en un dedo, una pequeña herida en el talón. Nada que pudiera competir con lo feliz que me hacía llevarlas puestas. Así que seguí poniéndomelas.

Pero las rozaduras empezaron a repetirse. Después de unos días seguidos acababa con los pies destrozados. Necesitaba caminar descalza varios dias para que cicatrizaran, y  en cuanto mejoraban, volvía a buscarlas.

Probé a protegerme con tiritas y esparadrapo. Durante un rato funcionaba. Apenas sentía dolor, a menudo ninguno. Pero cada nueva capa de protección también me impedía caminar con naturalidad, y al quitármela las heridas seguían allí.

Hubiera corrido un maratón con ellas. Siempre imaginé que cruzaría con ellas puestas una  línea de meta. Lo mejor de ellas era que, cuando las llevaba puestas, sentía que podía volar.


Intenté usar otras zapatillas. Ninguna era igual. Algunas eran bonitas, pero incómodas. Otras parecían prácticas, pero les faltaba algo. Ninguna conseguía hacerme sentir como aquellas.

Lo extraño era que, en realidad, nunca fueron mías. Yo simplemente las cogía de la estantería y las devolvía después. Siempre existía el miedo de llegar un día y descubrir que otra persona, probablemente con los pies más pequeños, se las hubiera llevado para siempre.


Durante mucho tiempo confundí lo bien que me hacía sentir llevarlas con la idea de que estaban hechas para llevarlas todo el rato, aunque en la etiqueta ponia claramente “No llevar más de 2h”
Han pasado más de dos años desde que las encontré y siguen brillando como el primer día.

Un día, tras una semana seguida recorriendo montañas y valles, charcos y caminos con ellas puestas todo el rato, me las quité y descubrí que las heridas ya no eran simples rozaduras. Eran heridas profundas que necesitaban mucho más que unos días descalza para curarse.

Fue entonces cuando entendí algo muy sencillo.

Las zapatillas eran perfectas. Solo tenían un problema: me estaban pequeñas.

¿Y qué iba a hacer? ¿Cortarme los dedos? Eso no parecía una buena solución.

Las zapatillas son como son. Mis pies también.


Pensé en usarlas solo de vez en cuando, reservarlas para los días especiales. Incluso imaginé guardarlas durante mucho tiempo  para poder usarlas , solo un poco,como para recordar, algún día, lo feliz que había sido mientras las llevaba puestas.

Quizá lo más sensato fuera dejar de usarlas del todo…

No porque hayan dejado de ser mis zapatillas favoritas, sino porque solo tengo dos pies y los necesito para seguir caminando, corriendo, saltando y descubriendo caminos nuevos.

Mis pies no tienen la culpa de ser grandes. Han recorrido montañas, ríos y senderos. Son grandes porque sostienen a la persona que soy y porque todavía les queda mucho camino por delante.

Y las zapatillas tampoco tienen la culpa de ser pequeñas, lamentablemente, solo son pequeñas para mi.

A veces dos cosas maravillosas simplemente no encajan. Esto es una lección que me han enseñado mis zapatillas favoritas.

Lo más difícil no es aceptar que me hacían daño.

Lo más difícil es aceptar que seguiran siendo las zapatillas más bonitas que había encontrado hasta ahora.


Y aceptar eso también es una forma de querer.

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