Encontré mis
zapatillas favoritas en un mercadillo, de esos en los que nunca esperas
encontrar nada especial. Entre montones de cosas gastadas y olvidadas, allí
estaban ellas. Austeras, pero con un brillo que parecía reservado para quien
supiera mirar.
Al principio pensé que eran de mi número. Me las puse y sentí que encajaban a
la perfección. Durante un tiempo todo fue fácil. Aún no sabía de qué estaban
hechas, si resistirían el frío, el calor o la lluvia. Solo sabía que me
encantaban.
Con el paso de los días descubrí que eran extraordinarias. Parecían irrompibles
y, al mismo tiempo, flexibles. Siempre estaban limpias, tenían una
amortiguación impecable, un hilo de oro que las recorría de principio a fin y
hasta un bolsillo secreto donde cabían pequeños tesoros. Servían para subir
montañas y atravesar rios, pero también para una fiesta de etiqueta.
Cuanto más las usaba,
más quería llevarlas puestas. Quería ponérmelas para todo. Para salir a correr,
para comprar el pan, para celebrar los días buenos y huir de los malos.
Entonces apareció la primera rozadura.
No era gran cosa. Un poco de dolor en un dedo, una pequeña herida en el talón.
Nada que pudiera competir con lo feliz que me hacía llevarlas puestas. Así que
seguí poniéndomelas.
Pero las rozaduras empezaron a repetirse. Después de unos días seguidos acababa
con los pies destrozados. Necesitaba caminar descalza varios dias para que
cicatrizaran, y en cuanto mejoraban,
volvía a buscarlas.
Probé a
protegerme con tiritas y esparadrapo. Durante un rato funcionaba. Apenas sentía
dolor, a menudo ninguno. Pero cada nueva capa de protección también me impedía
caminar con naturalidad, y al quitármela las heridas seguían allí.
Hubiera corrido un maratón con ellas. Siempre imaginé que cruzaría con ellas
puestas una línea de meta. Lo mejor de
ellas era que, cuando las llevaba puestas, sentía que podía volar.
Intenté usar otras zapatillas. Ninguna era igual. Algunas eran bonitas, pero
incómodas. Otras parecían prácticas, pero les faltaba algo. Ninguna conseguía
hacerme sentir como aquellas.
Lo extraño era que, en realidad, nunca fueron mías. Yo simplemente las cogía de
la estantería y las devolvía después. Siempre existía el miedo de llegar un día
y descubrir que otra persona, probablemente con los pies más pequeños, se las
hubiera llevado para siempre.
Durante mucho
tiempo confundí lo bien que me hacía sentir llevarlas con la idea de que
estaban hechas para llevarlas todo el rato, aunque en la etiqueta ponia
claramente “No llevar más de 2h”
Han pasado más de dos años desde que las encontré y siguen brillando como el
primer día.
Un día, tras una semana seguida recorriendo montañas y valles, charcos y
caminos con ellas puestas todo el rato, me las quité y descubrí que las heridas
ya no eran simples rozaduras. Eran heridas profundas que necesitaban mucho más
que unos días descalza para curarse.
Fue entonces cuando entendí algo muy sencillo.
Las zapatillas eran perfectas. Solo tenían un problema: me estaban pequeñas.
¿Y qué iba a hacer? ¿Cortarme los dedos? Eso no parecía una buena solución.
Las zapatillas son como son. Mis pies también.
Pensé en usarlas solo de vez en cuando, reservarlas para los días especiales.
Incluso imaginé guardarlas durante mucho tiempo para poder usarlas , solo un poco,como para
recordar, algún día, lo feliz que había sido mientras las llevaba puestas.
Quizá lo más sensato fuera dejar de usarlas del todo…
No porque hayan dejado de ser mis zapatillas favoritas, sino porque solo tengo
dos pies y los necesito para seguir caminando, corriendo, saltando y
descubriendo caminos nuevos.
Mis pies no tienen la culpa de ser grandes. Han recorrido montañas, ríos y
senderos. Son grandes porque sostienen a la persona que soy y porque todavía
les queda mucho camino por delante.
Y las zapatillas tampoco tienen la culpa de ser pequeñas, lamentablemente, solo
son pequeñas para mi.
A veces dos cosas maravillosas simplemente no encajan. Esto es una lección que
me han enseñado mis zapatillas favoritas.
Lo más
difícil no es aceptar que me hacían daño.
Lo más
difícil es aceptar que seguiran siendo las zapatillas más bonitas que había
encontrado hasta ahora.
Y aceptar eso también es una forma de querer.


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